Juicios equivocados y comparaciones necias.

A lo largo de mi caminar con Dios he notado con tristeza la facilidad que tienen los creyentes en hacer juicios sobre las personas, sin entender que jamás estamos en la posición de hacerlo porque nosotros mismos, no podemos evaluarnos correctamente.

Cuando leo el Evangelio, en muchas ocasiones Jesús condenó el hacer juicios a la ligera sobre los demás. En Mateo dice: “No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.” Mateo 7:1-2 NVI

No obstante esta afirmación categórica del maestro, lo seguimos haciendo sin reserva y sin vacilación. Además, en estos tiempos que tenemos al alcance las redes sociales, es una tentación hacerlo en forma indiscriminada y lacerante, sin ni siquiera tener el valor de hablar con la persona señalada, sino que cobardemente lo hacemos a sus espaldas, sin saber que esto acarrea el justo juicio de Dios sobre nosotros.

Viene a mi mente el momento en que Jesús contó una parábola que, dice el evangelista, estaba destinada a las personas que confiaban en sí mismas como justas (Lc 18.9). En esa oportunidad, habló de un fariseo que, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…» Vamos a quedarnos con esta frase por unos minutos. Sin ni siquiera avanzar en la lectura del pasaje, en esta simple declaración (por cierto el hombre esta “orando” consigo mismo), ya detectamos algo errado en el planteo que hace este fariseo.

A sus ojos, lo que lo justificaba, era su propia conducta que, comparada a la de otros hombres, parecía ser excesivamente piadosa. Existen, sin embargo, dos errores fatales en su análisis.

El primero es que la evaluación de su propia vida la realiza él mismo. Desconoce el principio que ningún hombre es capaz de conocer acertadamente la realidad de su propia vida. Somos miopes en cuanto a nuestra propia persona. Recuerda como el salmista exclama: «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Sal 19.12). La respuesta está implícita en la pregunta: ¡nadie!

El segundo error está en compararse con otros hombres. Esto es algo muy propio de la cultura que nos rodea, un hábito que nos ha sido enseñado de muy pequeños. Nacimos compitiendo con nuestros hermanos, fuimos introducidos en un sistema educativo que perpetuó el sistema de competencia, y luego salimos a un mercado laboral donde la competencia pareciera un elemento indispensable para sobrevivir. Para poder avanzar en cada etapa creímos necesario saber continuamente cómo se comparaba nuestra vida con la de los demás.

El problema principal con la comparación es que nosotros escogemos con quien compararnos. Inevitablemente, las comparaciones las realizamos con aquellas personas que más favorablemente nos van a dejar parados.

Para ver si somos generosos, nos comparamos con los que nunca dan. Para saber si somos pobres, nos comparamos con los que más tienen. Para ver si somos trabajadores, nos comparamos con los más holgazanes. Para ver que somos impecables, nos comparamos con los que han fallado. De esta manera, las comparaciones nunca nos dejan un cuadro acertado del verdadero estado de nuestra vida.

Pablo afirma que los que han caído en comparaciones, carecen de entendimiento. Lee detenidamente lo que escribe la pluma de Pablo: “¡Ah, no se preocupen! No nos atreveríamos a decir que somos tan maravillosos como esos hombres, que les dicen qué importantes son ellos pero solo se comparan el uno con el otro, empleándose a sí mismos como estándar de medición. ¡Qué ignorantes!” 2 Corintios 10:12 NTV

La obra de cada uno tendrá que ser evaluada sola, sin más puntos de referencia que los parámetros eternos establecidos por Dios mismo. En el momento en que nos presentemos delante de su trono, no podremos señalar las debilidades de los demás para que nuestras propias flaquezas no parezcan tan importantes.

Es importante, entonces, que nosotros no seamos los protagonistas de nuestra propia aprobación, sino que permitamos que Otro haga una evaluación más acertada de nuestra persona.

Pablo termina este pasaje con palabras que deben conducirnos hacia la reflexión: «Pero el que se gloría, gloríese en el Señor. No es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba» (2 Co 10.17–18).

Te invito que que vivamos de tal manera que el Señor mismo sea el que nos alaba.

Pastor Luis Gabriel César

6 comentarios en “Juicios equivocados y comparaciones necias.

  1. Pastor muy buen día..la verdad me dejo en shock su reflexión , desde luego que caigo en el error de juzgar a los demás, sin embargo y gracias a sus reflexiones, prédicas, devocionales,etc me fortalecen cada día, me ayudan muchísimo en mi caminar en Cristo..increíblemente Dios lo usa Pastor como instrumento poderoso en sus manos..Dios lo bendiga y abrazo apretado a la distancia..!

    1. Querido Fernando, no creo que haya creyentes que no batallemos con este problema del juicio y las comparaciones. Bueno es Dios que nos da su Palabra para hacer cambios y mejorar día con día. Le mando un fuerte abrazo en el amor de Cristo el Señor.

  2. Todas sus predicas han sido para mí muy edificantes, en mi caminar con Jesús, me han hecho ver cuan equivocada he vivido, gracias le doy a Dios por permitirme aprender su palabra con su guía.

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