Cuando amas a Dios, todos lo notan…
El mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, el alma, las fuerza y la mente, puede resultar un poco ambiguo para muchas personas. Si te preguntara: ¿Amas de verdad a Dios con todas tus fuerzas? Lo más seguro es que me dirías sin dudarlo que si. Pero la pregunta inmediata sería, ¿cuál es la evidencia de esta respuesta? Lo mejor sería pensar en la declaración de Jesús de Nazaret cuando dijo: “Así por sus frutos los conocerán” (Mt. 7:20)
Cuando decidimos amar a Dios por encima de todas las cosas, y cuando hacemos al Señor nuestra máxima autoridad obedeciéndolo con todo nuestro corazón, experimentaremos un impacto profundo en nuestras aspiraciones y en nuestro estilo de vida. Es una realidad que cuando amamos a Dios así, van a cambiar nuestros anhelos y nuestras metas. En última instancia, cada proyecto, sueño, visión que tengas sobre tu vida, será insoslayablemente puesta delante de Dios para su aprobación final.
He sido testigo de la vida de muchas personas a lo largo de mi caminar con Dios, que han venido a Cristo con vidas realmente complicadas, y he visto la mano transformadora de Dios en muchos hogares. Esa es la verdadera evidencia de que Dios es lo más importante en nuestra vida. Él cambia nuestras metas personales, al entender que primero está el reino de Dios y su justicia.
Muchos han cambiado vicios, malos hábitos, formas de ser grotescas, tratos deshonestos, infidelidades, maltrato a sus familias por una vida realmente diferente. Afirman con su vida lo que dice la Palabra: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.” (1ª Corintios 5:17)
Recuerdo al hombre que habiendo sido descubierto en una relación fuera de matrimonio, cuando finalmente habló conmigo, con una sonrisa nerviosa dijo: “Pastor, imagino que usted piensa que no soy cristiano, pero quiero que sepa que si lo soy, es más, amo al Señor con todo mi corazón, pero en realidad soy como el rey David.” Yo le respondí, pues por la evidencia, al parecer tú no amas al Señor con todo tu corazón, porque cuando uno ama, hace lo que le grada a Él. Y finalmente el tiempo decidirá si tú eres hijo de Dios, porque si en verdad eres hijo, el Señor te tratará como uno de sus hijos que merece ser disciplinado.”
Por supuesto que no soy la persona indicada para determinar si alguien es o no hijo de Dios, eso sólo le corresponde a Él, pero lo cierto es que Jesús nos dio la prerrogativa de inspeccionar el fruto. Ojo, no juzgar, porque eso sólo le corresponde a él, sino más bien, en primer lugar tener una mirada retrospectiva sobre nosotros mismos, y ver si en realidad estamos dando fruto de que amamos a Dios con todas las fuerzas y con todo el corazón.
En última instancia, bien podríamos decir como lo expresó el Apóstol Pedro al final de su entrevista con Jesús:
“Por tercera vez Jesús le preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: «¿Me quieres?» Así que le dijo: —Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. —Apacienta mis ovejas —le dijo Jesús—.” Juan 21:17 NVI
Piénsalo…