Cuando amas a Dios, todos lo notan

Cuando amas a Dios, todos lo notan…

El mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, el alma, las fuerza y la mente, puede resultar un poco ambiguo para muchas personas. Si te preguntara: ¿Amas de verdad a Dios con todas tus fuerzas? Lo más seguro es que me dirías sin dudarlo que si. Pero la pregunta inmediata sería, ¿cuál es la evidencia de esta respuesta? Lo mejor sería pensar en la declaración de Jesús de Nazaret cuando dijo: “Así por sus frutos los conocerán” (Mt. 7:20)

Cuando decidimos amar a Dios por encima de todas las cosas, y cuando hacemos al Señor nuestra máxima autoridad obedeciéndolo con todo nuestro corazón, experimentaremos un impacto profundo en nuestras aspiraciones y en nuestro estilo de vida. Es una realidad que cuando amamos a Dios así, van a cambiar nuestros anhelos y nuestras metas. En última instancia, cada proyecto, sueño, visión que tengas sobre tu vida, será insoslayablemente puesta delante de Dios para su aprobación final.

He sido testigo de la vida de muchas personas a lo largo de mi caminar con Dios, que han venido a Cristo con vidas realmente complicadas, y he visto la mano transformadora de Dios en muchos hogares. Esa es la verdadera evidencia de que Dios es lo más importante en nuestra vida. Él cambia nuestras metas personales, al entender que primero está el reino de Dios y su justicia.

Muchos han cambiado vicios, malos hábitos, formas de ser grotescas, tratos deshonestos, infidelidades, maltrato a sus familias por una vida realmente diferente. Afirman con su vida lo que dice la Palabra: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.” (1ª Corintios 5:17)

Recuerdo al hombre que habiendo sido descubierto en una relación fuera de matrimonio, cuando finalmente habló conmigo, con una sonrisa nerviosa dijo: “Pastor, imagino que usted piensa que no soy cristiano, pero quiero que sepa que si lo soy, es más, amo al Señor con todo mi corazón, pero en realidad soy como el rey David.” Yo le respondí, pues por la evidencia, al parecer tú no amas al Señor con todo tu corazón, porque cuando uno ama, hace lo que le grada a Él. Y finalmente el tiempo decidirá si tú eres hijo de Dios, porque si en verdad eres hijo, el Señor te tratará como uno de sus hijos que merece ser disciplinado.”

Por supuesto que no soy la persona indicada para determinar si alguien es o no hijo de Dios, eso sólo le corresponde a Él, pero lo cierto es que Jesús nos dio la prerrogativa de inspeccionar el fruto. Ojo, no juzgar, porque eso sólo le corresponde a él, sino más bien, en primer lugar tener una mirada retrospectiva sobre nosotros mismos, y ver si en realidad estamos dando fruto de que amamos a Dios con todas las fuerzas y con todo el corazón.

En última instancia, bien podríamos decir como lo expresó el Apóstol Pedro al final de su entrevista con Jesús:

“Por tercera vez Jesús le preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: «¿Me quieres?» Así que le dijo: —Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. —Apacienta mis ovejas —le dijo Jesús—.” Juan‬ ‭21:17‬ ‭NVI‬‬‬‬‬‬

Piénsalo…

No huyas

“Nuestra vida es el regalo de Dios para nosotros, lo que hacemos de ella es nuestro regalo para Él”.

Estoy convencido de que nadie elige intencionalmente una vida mediocre, una familia vulgar o un matrimonio de segunda. Nuestro Dios es un Dios grandioso, y dado que nos ha creado a su imagen, su intención es que seamos reflejo de esa misma gloria que él tiene.

Ahora bien, ¿qué haces cuando las paredes de tu vida se colapsan bajo la presión de los problemas circundantes y las tormentas devastadoras? Cuando las realidades de la vida te golpean y te quedas parado en las cenizas de las relaciones humeantes y los sueños destrozados.

Vivimos en un mundo en el que la tragedia puede azotar en cualquier momento; los problemas van desde divorcios, accidentes, bancarrota, hasta una pandemia mundial que nos cambio la vida. Existe una variedad de sucesos que nos pueden dejar devastados a la orilla del camino.

Tengo algunas preguntas para ti: ¿Alguna vez oíste que Dios te dijo algo y luego tú hiciste otra cosa completamente diferente a lo que él te pidió? ¿En alguna ocasión has oído instrucciones específicas de Dios pero terminaste haciendo lo opuesto? Si es así, créeme que no has sido el primero, y lamentablemente no serás el último.

En el Antiguo Testamento encontramos la historia de un hombre que hizo exactamente lo que estoy preguntando. Su nombre Jonás. Dios llamó a Jonás para una misión especial.

La gente de la Ciudad de Nínive era malvada, pero Dios, el Dios de las segundas oportunidades, comisionó a Jonás para que interviniera y los ayudara a revertir su espiral descendente. Dios lo reclutó y le instruyó específicamente:

“La palabra del SEÑOR vino a Jonás hijo de Amitay: «Anda, ve a la gran ciudad de Nínive y proclama contra ella que su maldad ha llegado hasta mi presencia.»” (Jonás 1:1.2)

Nínive estaba a tres días de camino y Jonás fue comisionado por Dios en una tarea importante, y a la vez muy clara. Sólo que había un problema muy serio: ¡Jonás odiaba a los ninivitas! Los despreciaba con pasión, podríamos decir, con odio jarocho.

Estos personajes, eran conocidos como feroces guerreros, inmisericordes, ellos saqueaban y destruían aldeas en su codicia por poseer más tierras. Por lo tanto, en vez de obedecer las instrucciones de Dios, Jonás sacó un pasaje en un barco que iba precisamente en la dirección opuesta. Jonás navegó alejándose del llamado de Dios y viajó hacia un lugar llamado Tarsis, al otro lado del Mar Mediterráneo.

Ahora, Dios tenía dos problemas en sus manos: una ciudad sin arrepentir, y un ¡profeta fugitivo! La historia no termina aquí, una tormenta colosal golpeó el barco del fugitivo, arrojando a Jonás por la borda. Para empeorar las cosas, un gran pez, no sabemos qué clase, pero lo llamaremos ballena, se tragó a Jonás.
Lo que encontramos a continuación es a Jonás enredado en algunas algas marinas, chapoteando desesperadamente en la bilis de la ballena.

Te pregunto: ¿Te has sentido alguna vez de esta manera? ¿Has tocado fondo sin ningún lugar adónde ir? Te sientes completamente abandonado, dejado para que te valgas por ti mismo.

Si somos sinceros sabremos que todos pasamos por esos callejones, tiempos en los que parece que no hay lugar a donde ir. El algún momento de nuestra vida todos nosotros hemos sido o seremos como Jonás. Y tal como Dios levantó al Jonás de antaño, lo hará seguramente contigo y conmigo.

Después de haber trabajado con el corazón del profeta, Dios lo usó de tal forma que se generó el arrepentimiento más numero de la historia de la humanidad, ciento veinte mil personas volvieron su corazón a Dios.

Tu vida es un regalo de Dios para ti, pero lo que hagas con ella, es tu regalo para Dios. Si Dios te está pidiendo que hagas algo, sería mejor que lo consideraras con todo cuidado. Sólo él sabe las formas maravillosas en que puede usar tu vida. Recuerda, la clave es “disponibilidad más que habilidad”. Y por favor, la próxima vez que Dios hable a tu corazón, no compres boleto a Tarsis. A veces será más duro no hacer la voluntad de Dios, que obedecerle aunque parezca complejo.

Piénsalo…

Pastor Gary César

Liderazgo que no será olvidado

En lo más profundo de nuestro corazón anhelamos que al partir de este mundo, nuestro legado o influencia continúe para la siguiente generación. Seguro que todos tenemos en nuestra mente y corazón, pastores, maestros, entrenadores, líderes que recordamos con especial cariño. Recordamos sus enseñanzas, su ejemplo de vida, sus historias, etc.

Si en verdad anhelamos ser recordados, hagamos nuestro el sabio consejo del autor de la carta a los Hebreos, que al momento de exhortar a sus lectores, da tres valiosos criterios que deberían tomar en cuenta acerca del liderazgo efectivo y transcendente.

Así lo escribió: “Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios. Consideren cuál fue el resultado de su forma de vida, e imiten su fe”. Hebreos 13:7

Este pasaje nos enseña tres características de los buenos líderes que merecen ser recordados:

Tienen un mensaje digno de recordar.

Cuando hablan, la gente escucha. “Acuérdense de sus dirigentes, que les comunicaron la palabra de Dios.” Evidentemente, hay algo “digno” de recordar y ese es el eterno Consejo de la Palabra de Dios. A menudo nos recuerdan por lo que hicimos, pero no recuerdan lo que dijimos. La fuente de nuestro mensaje es la clave, no dice que recordemos que eran buenos comunicadores, sino el contenido de su exposición y enseñanza. Sabemos que la única Palabra que tiene el poder de cambiar las vidas, es la Eterna Palabra de Dios. Por eso Pablo el apóstol instó a Timoteo su hijo amado: “Que prediques la Palabra”. Aprovechemos en cada ocasión que compartamos con nuestra iglesia o ministerio, que la fuente sea la correcta, o sea La Palabra de Dios.

Tienen un estilo de vida digno de considerar.

“Consideren cuál fue el resultado de su forma de vida”. Dicho de otra manera sería ¡Congruencia! El consejo es pertinente en estos tiempos, donde los medios electrónicos se han convertido en una enorme posibilidad de ver a cientos, si no es que miles de predicadores, maestros, o simplemente comunicadores, que por la misma razón es imposible conocer algo más de “su forma de vivir”. No solo debemos considerar el “mensaje”, sino también “el mensajero”. Es triste, pero la gente normalmente no se toma la molestia de averiguar un poco más acerca de la vida de quién está escuchando. Frases como, “habla bonito”, “es divertido”, “me gusta”, “me entretiene”, sin considerar si hay congruencia entre lo que “dice” y “hace”. Piensa por un momento en las personas que hoy el día estás escuchando, y hazte las siguientes preguntas: ¿Concuerdan sus hechos con sus palabras? ¿Concuerdan su vida con lo que dice ser?

Tienen una fe digna de imitar.

El tercer consejo es por demás importante. La palabra “fe” en la Biblia tiene por lo menos dos connotaciones digas de considerar. Una tiene que ver con la que va acompañada del artículo “la” o sea, “la fe”, que, dependiendo del contexto, se puede referir al conjunto de enseñanzas, o credo de una persona o iglesia. En este caso, el autor a los hebreos no está considerando esta posibilidad, sino la definición de fe más simple, es decir, la confianza y dependencia que el siervo de Dios tiene en su Señor. El mismo autor define la fe diciendo: “la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve”. El líder por excelencia, debe ser una persona de fe profunda. Su tarea es guiar al rebaño de Dios, llevarlo a través de toda clase se experiencias de vida, desde las más alegres y reconfortantes, hasta las más dolorosas experiencias de la vida, hasta que finalmente, llegue a puerto seguro. Una vida así, es digna de ser imitada.

Si eres un líder o anhelas ser un líder de los que no serán olvidados, date a la tarea de incluir en tu persona, estos maravillosos rasgos que te permitirán dejar un maravilloso legado.

Hay un dicho en el Medio Oriente que dice: «Cuando naciste, lloraste y el mundo se alegró. Vive de tal manera que cuando mueras, el mundo llore y tú te regocijes».

Piénsalo…

Pastor Luis Gabriel César Isunza

Twitter@garycesar

La falta de perdón es un acto de desobediencia

Es impensable que un cristiano decida voluntariamente no perdonar. Los que hemos sido perdonados por Dios mismo, no tenemos el derecho de negarle el perdón a nuestros semejantes, pecadores como nosotros. De hecho, las Escrituras nos ordenan, una y otra vez, perdonar en la misma forma en que hemos recibido el perdón. Así lo escribió Pablo:

«Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” (Efesios 4:32)

Puesto que Dios nos manda perdonar a otros, negarse a hacerlo es un acto de directa desobediencia contra Él. En pocas palabras, negarse a perdonar es un pecado horrible. El perdón refleja el carácter de Dios. La falta de perdón, por lo tanto, es una impiedad alejada de Dios. Eso significa que la falta de perdón es una ofensa a Dios no menos grave que la fornicación o las borracheras o el divorcio, aunque algunas veces se considera más aceptable.

Como hijos de Dios, debemos reflejar su carácter, ya que en el momento de la salvación, nos es dada una nueva naturaleza que refleja en sí, la semejanza espiritual de Dios. De modo que el perdón es una parte integral de la nueva naturaleza del cristiano. Un cristiano que no perdona es una contradicción de términos. Cuando ves una persona que batalla para perdonar a los demás, es una buena razón para poner en duda que la fe de esa persona sea genuina.

Es claro para cada uno de nosotros que el perdón no llega fácilmente, aún siendo cristianos. Siendo honestos, muchas veces no perdonamos tan rápida y generosamente como debiéramos. Somos muy propensos a acumular ofensas. El perdón requiere que pongamos a un lado nuestro egoísmo, que aceptemos con gracia las ofensas que otros hayan cometido contra nosotros, y que no exijamos lo que creemos que se nos debe. Si vemos este asunto con calma, notaremos que todo esto va en contra de nuestras inclinaciones naturales y pecaminosas. Aún así, como nuevas criaturas, el Señor nos puede dar el poder y la gracia de perdonar en la manera en que Él nos ha perdonado: “… y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.” (Efesios 4:32)

En el amor perdonador de Jesús,

Las tres preguntas más importantes de tu vida

La vida está llena de desafíos y enormes cuestionamientos, pero hay tres que sobresalen por su importancia y su impacto a largo alcance. Debemos pedir una buena dosis de discernimiento porque, de la respuesta que demos a estas grandes interrogantes, dependerá el nivel de gozo y satisfacción que tendremos en la vida.

Las grandes preguntas son: ¿Con quién voy a vivir? La siguiente pregunta es, ¿De qué voy a vivir?, y la tercera es ¿Para quién voy a vivir? Las dos primeras preguntas van a determinar mucho del gozo o de la frustración que tendrás a lo largo de tu vida en este planeta. La tercera, no sólo tiene que ver con tu vida en esta tierra, sino con tu destino eterno.

Por un momento piensa por favor en la segunda gran pregunta: “¿De qué voy a vivir? No hay nada más enriquecedor y satisfactorio que vivir nuestras vidas haciendo lo que nos gusta y que encima de ello, tengamos la retribución económica al hacerlo. De hecho y en estricto honor a la verdad, dicha actividad, ni siquiera merecería el titulo de “trabajo”, sino más bien de “realización personal remunerada”. No siempre es fácil tener un trabajo donde estamos completamente satisfechos por lo que hacemos, pero cuando lo encuentras, se convierte en una de las bendiciones más grandes que podemos recibir de la bondadosa mano de Dios.

Nuestra oración al estar tratando de responder a esta importante pregunta, no sólo debe limitarse el punto de solicitar un trabajo por la remuneración, sino pedir al Señor, quien conoce nuestras habilidades y dones, que nos conceda un puesto donde, además de poner en práctica las habilidades, sabiduría y destrezas personales, seamos gratificados por el salario que nos permitirá, no sólo suplir nuestras necesidades, sino que nos permita compartir con quien tiene necesidad.

En el amor de Jesús,

Cristianos que cojean

Extraño título para una reflexión pastoral, pero es parte de una frase que completa dice: “Si quieres ser usado por Dios, vas a cojear el resto de tu vida…” Viene a mi mente la historia de Jacob, con su lucha con el ángel en Peniel, ¿recuerdan la historia? La bendición de Dios no se hizo esperar, sino que después de que Jacob se esforzó para recibir esta anhelada bendición, luchando hasta que rayaba en alba, el ángel le preguntó: ¿Cuál es tu nombre? A lo que Jacob respondió: “Jacob” que significa usurpador. Y el ángel le dijo: “Ya no será tu nombre más Jacob, sino Israel…” ¿Qué bendición, no creen? Pero no todo quedó allí, sino que el ángel toco su cadera, y ésta se descoyuntó y entonces fue evidente la lucha que Jacob había tenido con el ángel.

De la misma manera sucede con nuestra relación con Dios. Si de verdad queremos ser usados por él, entonces, él va a tocarnos, y esto va a ser evidente a todos. La pregunta sería: ¿Cuáles son las evidencias del toque de Dios en tu vida? Los que te conocen ¿pueden hablar de cambios en ti? Si es así, felicidades, pero ¿qué de cambios recientes? Si, porque es evidente que cuanto Cristo Jesús llega a nuestra vida, la transforma, pero no solo ese día, sino que los cambios son frecuentes, llegando a tener una vida en constante cambio y madurez. Bien lo expresó Pablo cuando escribió: «Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva.»  (Filipenses 1:6 NTV) Maravilloso, ¿no creen?

Muchos son los cristianos que cuando se les cuestiona acerca de los cambios que Dios ha hecho en su vida, se remontan a la historia de su conversión, porque en realidad no hay “nada nuevo” que le hayamos permitido a Dios trabajar en nosotros. Uno de los secretos de la vida cristiana, es el hecho de que se debe vivir día a día permitiendo que el Señor siga formando a Cristo en nosotros, ya que los cambios que Dios va generando son constantes, o por lo menos así deben de ser, pero ¿estamos verdaderamente dejando a Dios obrar en nuestra vida en todo lo que él quiere hacer? Piénsalo…

En el amor de Cristo el Señor,

Promesas condicionales

Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios. (2ª a los Corintios 1:20 NVI)

He descubierto que las riquezas de la gracia de Dios disponibles para sus hijos, están expresadas por medio de sus promesas. Cada promesa de Dios es una fiel expresión de su gracia. Las tenemos para cada una de nuestras necesidades a lo largo de nuestra vida. Hay promesas de bienestar, de salud, de protección, de seguridad, de aliento, de Su compañía, de fortaleza, de sabiduría, dirección y miles más. De hecho, algunos han expresado que hay más de 7,000 promesas en la Palabra de Dios, y algunos más hablan de hasta 13,000. ¿No te parece maravilloso?

El asunto es que muchas de estas hermosas promesas están “condicionadas”, pero no te desalientes. Cada vez que voy a la Escritura y me topo con una promesa condicional observo, en todos los casos, que se trata de algo que yo debo y puedo hacer, ya que no son gravosas las condiciones, además de que, son la mejor manera en que puedo expresar mi total confianza en Dios. En otras palabras, todas las promesas condicionales, exigen obediencia de mi parte. Yo creo que es un muy buen procedimiento de Dios. La promesa con frecuencia se trata de algo que requiero de Dios y que no está en mis manos obtener o lograr, sino por medio de mi obediencia-fe, en que creo tanto en lo que Dios ha dicho, que “hago” lo que Él me ha pedido que haga.

Estamos por comenzar un año nuevo, y la pregunta es necesaria: ¿Dónde está tu fuente de esperanza y seguridad? Creo que sería pertinente voltear y mirar todo lo que nuestro Buen Dios nos ha ofrecido por medio de sus maravillosas promesas.

Bien lo escribió Pablo: “Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo.”

En Su amor,

Diferencias entre creyente y discípulo

 A lo largo de mi ministerio a menudo he notado que muchos creyentes no comprenden a profundidad los conceptos sobre Discipulado y compromiso de vida. A menudo me pregunto, ¿entiende bien el creyente lo que es el verdadero compromiso? Creo que a menudo lo que tenemos en la iglesia son espectadores itinerantes, cuya búsqueda de iglesia en iglesia es más el reflejo de su propia frustración por falta de compromiso, que profundidad en su caminar con Cristo. 

 Existen una variedad de declaraciones que en lo particular me han ayudado a entender más el asunto de lo que es ser un auténtico discípulo de Cristo Jesús.

  1. El creyente suele esperar panes y peces; el discípulo es un pescador. Hay creyentes cuya tarea principal será consumir lo que el reino ofrezca.  Van a la iglesia, se hacen miembros, pero pocas veces, si no es que nunca ponen al servicio del Señor todo lo que son y lo que hacen. Son espectadores, que debemos bajar al escenario, y convertirlos en auténticos pescadores de almas.
  2. El creyente lucha por crecer; el discípulo por reproducirse. El creyente común no piensa en los demás sino en sí mismo. Dice: “¿qué puedo obtener de esta situación?”, o “¿en qué me va a beneficiar este asunto?”. Está centrado en sí mismo y poco piensa en los demás.  El verdadero discipulado se reproduce, mostrando una filosofía de flujo, que consiste en que todo lo que recibe lo da a los demás.
  3. El creyente se gana; el discípulo se hace.  Las manos levantadas en un esfuerzo evangelístico no pueden ser contadas como discípulos de Cristo, sino personas interesadas en conocer más de Dios.  Dice Billy Graham: Cuesta 10% de esfuerzo ganar a una persona para Cristo, pero cuesta 90% que permanezca en la fe.
  4. El creyente depende en gran parte de los pechos de la madre (el pastor); el discípulo está destetado para servir (1 Samuel 1:23-24). Muchos creyentes inmaduros dejan que el pastor se haga responsable por su crecimiento espiritual. Cuando no está dando evidencia clara de su fe en Cristo Jesús, inmediatamente responsabilizada a otro de su mal desempeño como cristiano.  Sin embargo el discípulo comprometido, se busca su alimento, y está listo para servir a los demás.
  5. El creyente gusta del halago, el discípulo del sacrificio vivo. Si no estuviésemos tan preocupados por los reconocimientos dentro del pueblo cristiano, ya habríamos alcanzado a nuestros países para Cristo. La demanda del Apóstol Pablo fue por demás contundente: “..que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo…”
  6. El creyente entrega parte de sus ganancias; el discípulo entrega su vida. Considero que uno de los problemas más serios que enfrenta la iglesia de Cristo tiene que ver con el dualismo que se estableció desde el tiempo de los griegos, donde dividieron la experiencia espiritual en dos grandes esferas.  Por un lado, estaba Dios como ser espiritual, y muy distantes nosotros como sus criaturas.  Esa misma diferencia es la que muchos cristianos establecen hablando, entre otras cosas, del “día del Señor”, cuando todos son días del Señor; el diezmo es de Dios, cuando el realidad el 100% es de Dios; el templo como casa de Dios, sin embargo nosotros somos Templo del Espíritu Santo de Dios.  Él no desea poco de nosotros, sino el todo, y tú no les has dado nada a Dios si no les has dado todo.
  7. El creyente puede caer en la rutina; el discípulo es revolucionario.  Uno de los grandes peligros de los creyentes en Cristo Jesús, es quedarse atascado en los triunfos del ayer. La vida se caracteriza por el cambio, y en especial la vida cristiana.  Lamentablemente hay creyentes, así como iglesias completas que caen en lo que yo llamo “demencia cristiana”, que no es otra cosa que el simple hecho de hacer las mismas cosas, esperando resultados diferentes.  Un discípulo auténtico y comprometido, busca el cambio, el avance, el conquistar áreas que antes no había vencido, y no vive solamente con los triunfos del pasado.
  8. El creyente busca que le animen; el discípulo procura animar.  Una de palabras que más me llaman la atención en la vida de todo discípulo, es la palabra “entusiasmo”, que no es otra cosa que “Dios dentro”.  Lamentablemente las iglesias están llenas de personas que buscan experiencias que les animen, que les llenen, etc., y por cuando la iglesia no cumple las expectativas del miembro, entonces, buscará una iglesia que si “le llene”; y cuando esa nueva iglesia ya no llene sus anhelo, busca una nueva, y así es el resto de la historia, sin embargo, Dios escogió un tipo de persona excepcional que es el discípulo, ya que por si mismo anima, alienta, llena, ya que la vida abundante que recibe de Cristo Jesús cada día, es su fuente intrínseca de gozo y paz y no depende de las circunstancias.
  9. El creyente espera que le asignen tareas; el discípulo es solícito en asumir responsabilidades.  A lo largo de mi ministerio me he encontrado con personas que dicen: “Pastor, cuando algo necesite, solamente llámeme”, y luego se retiran sin la menor intención de participar, pero descansados de que por lo menos “se pusieron a la disposición de Dios”.  Lo cierto es que el discípulo hace tres cosas en este rubro: Primero identifica necesidades, segundo, usa los dones que Dios le ha dado para llenar esas necesidades, y en tercer lugar, continúa su capacitación para darle a Dios el servicio que el merece. El discípulo sabe que no necesita de “cargos” eclesiásticos para servir a Dios, sino que busca servirle con amor y excelencia.
  10. El creyente murmura y reclama; el discípulo obedece y se niega a si mismo. Estoy convencido que uno de los pecados que más daño han causado a la iglesia de todos los tiempos es la murmuración y el chisme.

Es el anhelo de mi corazón es que nos demos a la tarea de “hacer discípulos”, que fue por cierto, el corazón de la Gran Comisión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Uno más que decidió seguirle…