Dios es bueno todo el tiempo

He oído hablar de un anciano, un incondicional de la fe cristiana, que a punto de ir al cielo tenía en sus labios la siguiente canción: «He decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás, no vuelvo atrás».

He escuchado el relato de un teólogo de renombre que resumió el trabajo de toda su vida en una melodía que aprendió sobre las rodillas de su madre: «Cristo me ama, bien lo sé, la Biblia dice así».

El gran predicador Carlos Spurgeon decía en sus últimos días de vida ya bastante enfermo: “Si regresara al púlpito a predicar, serían muchos los temas que compartiría con la iglesia, pero para morir me bastan 4 palabras: “JESÚS MURIÓ POR MI”.”

A veces las palabras más simples son las más importantes.

Aunque caminamos más allá de las complicaciones teológicas para explorar las imponentes montañas de los pensamientos y las acciones de Dios, nunca olvidamos la belleza, nunca dejamos de necesitar la bendición de las verdades más simples.

Una vez asistí a una iglesia en la Florida donde era costumbre del pastor hacer una pausa en sus reuniones y sermones para decir: «Dios es bueno», a lo que la congregación respondía: «Todo el tiempo». Entonces él decía: «Todo el tiempo», y la congregación respondía: «Dios es bueno».

Fue un recital de la más simple de las verdades de la Palabra de Dios: que la bondad no es un atributo ocasional de Dios, no una disposición poco frecuente, sino una constante.

Estaba destinado a recordarnos que la bondad de Dios no varía con nuestras circunstancias, sino que está totalmente presente y se muestra en nuestros peores momentos, así como en nuestros mejores, en nuestras experiencias más lamentables, así como en nuestros días más alegres.

Y aunque la pequeña frase del pastor puede haberse vuelto trivial con el tiempo, aunque puede que la haya dejado en el pasado, hoy, ahora mismo, nada es más precioso para mí, nada es más importante para mí, que esto:

Dios es bueno todo el tiempo, y todo el tiempo Dios es bueno.

Esta no es la única verdad que me está apoyando.

He escuchado a la gente afligida hablar de la soberanía de Dios, tal vez repitiendo una frase bien conocida que la compara con una almohada sobre la que el hijo de Dios descansa su cabeza, dando una paz perfecta.

¿Qué es la soberanía de Dios? La soberanía habla del poder y el derecho a reinar.

Es el atributo de reyes o potentados u otros en posiciones de supremacía. En última instancia, es un atributo de Dios mismo, con el que gobierna el Cielo y la tierra hasta tal punto que no sucede, ni puede suceder nada aparte de su voluntad.

Piensa en la siguiente frase y medita en ella…

No se nos da nada que no pase primero por la propia mano de Dios.

La soberanía de Dios es una doctrina generalizada que toca cada aspecto de la vida en cada momento de la creación y en cada rincón del universo. No hay momento, ni lugar, ni acto, ni muerte, que caiga fuera de él.

La soberanía de Dios me ofrece consuelo en esos días oscuros. Me asegura que no hay poder terrenal, ningún poder demoníaco, ningún destino o fuerza por encima o por debajo, que se abrió camino, que interrumpió o sustituyó el plan de Dios para mi.

No hay ningún momento en el que Dios me diera la espalda o se distrajera con otros asuntos o asintiera con la cabeza mientras dormía.

No hay ninguna deformidad médica o anormalidad genética, enfermedad, crisis económica o laboral que Dios hubiera pasado por alto.

La soberanía de Dios me asegura que, en última instancia, no fue la voluntad de nadie, sino de Dios que mi amada Aida y yo, siendo muy jóvenes y con pocos años de casados, hubiésemos tenido un par de abortos que cimbraron poderosamente nuestro corazón.

Cuando se le informó a Job de la muerte de sus hijos, no dijo: «El Señor ha dado, y el diablo se lo ha llevado», sino: “El Señor dio, y el Señor quitó”. Y con esa certeza bendijo el nombre del Señor.

Pero, aunque la soberanía de Dios ofrece consuelo, ofrece consuelo solo si sé algo más, si sé algo de su carácter.

Después de todo,

  • Dios podría ser soberano y caprichoso.
  • Podría ser soberano y egoísta.
  • Podría ser soberano y arbitrario.
  • Podría ser soberano y malvado.
  • Así que por esta razón pregunto: «¿Qué más es cierto de Dios?»

 Si estoy poniendo mi cabeza sobre cualquier almohada en estos días, es la almohada de la bondad de Dios.

Sigo diciéndome: «Dios es bueno todo el tiempo».

Puede que lo esté diciendo con tristeza y desconcierto y algo menos que plena fe.

Puede que lo esté diciendo como una pregunta: «Dios es bueno todo el tiempo, ¿verdad?» Pero lo estoy diciendo.

En medio de la pandemia, Dios fue bueno todo el tiempo.

Si no hubo un momento en el que Dios dejara de ser soberano, no hay ningún momento en el que Él dejara de ser bueno: bueno conmigo, bueno con mi familia, bueno con su iglesia.

La bondad de Dios significa que todo lo que Dios es y todo lo que Dios hace es digno de aprobación, porque Él mismo es el estándar mismo de la bondad.

Si ese es el caso, entonces…

  • ¿Quién soy yo para declarar que algo está mal a lo que Dios ha declarado que está bien?
  • ¿Quién soy yo para condenar lo que Dios ha aprobado?

Depende de mí alinear mi propia comprensión de la bondad con la de Dios, confiar en la comprensión de Dios del bien para formar mi propia comprensión.

En última instancia, es para estar de acuerdo en que, si Dios lo hizo, debe ser bueno, y si es bueno, debe ser digno de aprobación.

Decir: «Háganse tu voluntad», significa decir: «Que se muestre tu bondad». Es buscar evidencia de la bondad de Dios incluso en la más dura de Sus providencias. Es adorarlo, incluso con el corazón roto.

Después de todo: DIOS ES BUENO…TODO EL TIEMPO…TODO EL TIEMPO…DIOS ES BUENO.

Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

Tal vez ningún evento en la vida de Jesús demuestra más poderosamente la naturaleza radical de Su dependencia de Dios y Su obediencia a la voluntad de Dios que la oración que ofreció en el Jardín de Getsemaní la noche anterior a Su crucifixión.

Jesús, como todos los demás que vivían durante el Imperio Romano, conocía muy bien la brutalidad que era la ejecución por crucifixión. El proceso prolongado sería totalmente humillante e insoportable. Jesús sabía que sentiría, como cualquier ser humano, toda la fuerza de la degradación y el dolor, el trauma y la traición, la injusticia y la desesperanza. Como humano, estaba ansioso. Le dijo a sus discípulos antes de entrar en el interior del jardín,

“«Es tal la angustia que me invade que me siento morir —dijo—. Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo».” Mateo 26:38 NVI

Una vez que Jesús estuvo solo, cayó cara a la tierra y oró:

“Él se adelantó un poco más y se inclinó rostro en tierra mientras oraba: «¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía».” Mateo 26:39 NTV

Hizo esta oración no solo una vez, sino tres veces.

Jesús pidió que se detuviera la ejecución.

¿Alguien podría culparlo? Seguramente, en ese momento sabía que no había otra manera de que la salvación estuviera disponible para toda la raza humana. Él era el cordero impecable, el Mesías sobre el que escribieron los profetas del Antiguo Testamento. Él era el Hijo de Dios sin pecado. No había cedido a ninguna tentación. Esta fue la única solución posible. Si no es Jesús, ¿entonces quién? Si no fuera por Jesús, entonces la humanidad no tendría esperanza. Sin embargo, Jesús le pidió al Padre que viera si podía haber otra manera.

«¡Padre mío! Si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía».” Mateo 26:39 NLT

Jesús terminó las tres oraciones en el Huerto de Getsemaní con una declaración que había sido cierta a lo largo de sus treinta y tres años caminando por esta tierra. Se entregó a su padre:

Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

Este es el clímax, el crescendo del propósito de la vida de Jesús. Los textos del evangelio no registran la respuesta del Padre, pero las acciones de Jesús dejan claro que Él entendió la voluntad del Padre.

“Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «¡Adelante, duerman y descansen! Pero miren, ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es traicionado y entregado en manos de pecadores. Levántense, vamos. ¡Miren, el que me traiciona ya está aquí!».” Mateo 26:45-46 NTV

¿Puedes sentir la determinación en la voz de Jesús? Había recibido una respuesta clara. Era la voluntad del Padre que Jesús se enfrentara a la cruz por amor a la humanidad. “Levántese», dijo. «¡Vamos!» Jesús estaba diciendo: “Sé sin lugar a dudas lo que tengo que hacer. No hay vuelta atrás. ¡Hagamos esto!»

Esa es una imagen de la rendición total a la voluntad del Padre. Por supuesto, todos sabemos cómo resultó esta historia.

Tres días después, Jesús estaba vivo de nuevo y se había trazado el camino para que todas las personas entraran en una relación eterna con Dios.

Bien lo expresó Pedro en su defensa ante en Sanedrín de Hechos 4:

“¡En ningún otro hay salvación! Dios no ha dado ningún otro nombre bajo el cielo, mediante el cual podamos ser salvos.” Hechos de los Apóstoles 4:12 NTV

Ignoro lo que estés pasando por estos momentos, pero la pregunta queda en el aire: ¿Estarías dispuesto en cada circunstancia que atravieses a hacer la misma declaración?

“Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”.

Pastor Gary César

Cuando amas a Dios, todos lo notan

Cuando amas a Dios, todos lo notan…

El mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, el alma, las fuerza y la mente, puede resultar un poco ambiguo para muchas personas. Si te preguntara: ¿Amas de verdad a Dios con todas tus fuerzas? Lo más seguro es que me dirías sin dudarlo que si. Pero la pregunta inmediata sería, ¿cuál es la evidencia de esta respuesta? Lo mejor sería pensar en la declaración de Jesús de Nazaret cuando dijo: “Así por sus frutos los conocerán” (Mt. 7:20)

Cuando decidimos amar a Dios por encima de todas las cosas, y cuando hacemos al Señor nuestra máxima autoridad obedeciéndolo con todo nuestro corazón, experimentaremos un impacto profundo en nuestras aspiraciones y en nuestro estilo de vida. Es una realidad que cuando amamos a Dios así, van a cambiar nuestros anhelos y nuestras metas. En última instancia, cada proyecto, sueño, visión que tengas sobre tu vida, será insoslayablemente puesta delante de Dios para su aprobación final.

He sido testigo de la vida de muchas personas a lo largo de mi caminar con Dios, que han venido a Cristo con vidas realmente complicadas, y he visto la mano transformadora de Dios en muchos hogares. Esa es la verdadera evidencia de que Dios es lo más importante en nuestra vida. Él cambia nuestras metas personales, al entender que primero está el reino de Dios y su justicia.

Muchos han cambiado vicios, malos hábitos, formas de ser grotescas, tratos deshonestos, infidelidades, maltrato a sus familias por una vida realmente diferente. Afirman con su vida lo que dice la Palabra: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.” (1ª Corintios 5:17)

Recuerdo al hombre que habiendo sido descubierto en una relación fuera de matrimonio, cuando finalmente habló conmigo, con una sonrisa nerviosa dijo: “Pastor, imagino que usted piensa que no soy cristiano, pero quiero que sepa que si lo soy, es más, amo al Señor con todo mi corazón, pero en realidad soy como el rey David.” Yo le respondí, pues por la evidencia, al parecer tú no amas al Señor con todo tu corazón, porque cuando uno ama, hace lo que le grada a Él. Y finalmente el tiempo decidirá si tú eres hijo de Dios, porque si en verdad eres hijo, el Señor te tratará como uno de sus hijos que merece ser disciplinado.”

Por supuesto que no soy la persona indicada para determinar si alguien es o no hijo de Dios, eso sólo le corresponde a Él, pero lo cierto es que Jesús nos dio la prerrogativa de inspeccionar el fruto. Ojo, no juzgar, porque eso sólo le corresponde a él, sino más bien, en primer lugar tener una mirada retrospectiva sobre nosotros mismos, y ver si en realidad estamos dando fruto de que amamos a Dios con todas las fuerzas y con todo el corazón.

En última instancia, bien podríamos decir como lo expresó el Apóstol Pedro al final de su entrevista con Jesús:

“Por tercera vez Jesús le preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: «¿Me quieres?» Así que le dijo: —Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. —Apacienta mis ovejas —le dijo Jesús—.” Juan‬ ‭21:17‬ ‭NVI‬‬‬‬‬‬

Piénsalo…

Juicios equivocados y comparaciones necias.

A lo largo de mi caminar con Dios he notado con tristeza la facilidad que tienen los creyentes en hacer juicios sobre las personas, sin entender que jamás estamos en la posición de hacerlo porque nosotros mismos, no podemos evaluarnos correctamente.

Cuando leo el Evangelio, en muchas ocasiones Jesús condenó el hacer juicios a la ligera sobre los demás. En Mateo dice: “No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes. Porque tal como juzguen se les juzgará, y con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes.” Mateo 7:1-2 NVI

No obstante esta afirmación categórica del maestro, lo seguimos haciendo sin reserva y sin vacilación. Además, en estos tiempos que tenemos al alcance las redes sociales, es una tentación hacerlo en forma indiscriminada y lacerante, sin ni siquiera tener el valor de hablar con la persona señalada, sino que cobardemente lo hacemos a sus espaldas, sin saber que esto acarrea el justo juicio de Dios sobre nosotros.

Viene a mi mente el momento en que Jesús contó una parábola que, dice el evangelista, estaba destinada a las personas que confiaban en sí mismas como justas (Lc 18.9). En esa oportunidad, habló de un fariseo que, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…» Vamos a quedarnos con esta frase por unos minutos. Sin ni siquiera avanzar en la lectura del pasaje, en esta simple declaración (por cierto el hombre esta “orando” consigo mismo), ya detectamos algo errado en el planteo que hace este fariseo.

A sus ojos, lo que lo justificaba, era su propia conducta que, comparada a la de otros hombres, parecía ser excesivamente piadosa. Existen, sin embargo, dos errores fatales en su análisis.

El primero es que la evaluación de su propia vida la realiza él mismo. Desconoce el principio que ningún hombre es capaz de conocer acertadamente la realidad de su propia vida. Somos miopes en cuanto a nuestra propia persona. Recuerda como el salmista exclama: «¿Quién puede discernir sus propios errores?» (Sal 19.12). La respuesta está implícita en la pregunta: ¡nadie!

El segundo error está en compararse con otros hombres. Esto es algo muy propio de la cultura que nos rodea, un hábito que nos ha sido enseñado de muy pequeños. Nacimos compitiendo con nuestros hermanos, fuimos introducidos en un sistema educativo que perpetuó el sistema de competencia, y luego salimos a un mercado laboral donde la competencia pareciera un elemento indispensable para sobrevivir. Para poder avanzar en cada etapa creímos necesario saber continuamente cómo se comparaba nuestra vida con la de los demás.

El problema principal con la comparación es que nosotros escogemos con quien compararnos. Inevitablemente, las comparaciones las realizamos con aquellas personas que más favorablemente nos van a dejar parados.

Para ver si somos generosos, nos comparamos con los que nunca dan. Para saber si somos pobres, nos comparamos con los que más tienen. Para ver si somos trabajadores, nos comparamos con los más holgazanes. Para ver que somos impecables, nos comparamos con los que han fallado. De esta manera, las comparaciones nunca nos dejan un cuadro acertado del verdadero estado de nuestra vida.

Pablo afirma que los que han caído en comparaciones, carecen de entendimiento. Lee detenidamente lo que escribe la pluma de Pablo: “¡Ah, no se preocupen! No nos atreveríamos a decir que somos tan maravillosos como esos hombres, que les dicen qué importantes son ellos pero solo se comparan el uno con el otro, empleándose a sí mismos como estándar de medición. ¡Qué ignorantes!” 2 Corintios 10:12 NTV

La obra de cada uno tendrá que ser evaluada sola, sin más puntos de referencia que los parámetros eternos establecidos por Dios mismo. En el momento en que nos presentemos delante de su trono, no podremos señalar las debilidades de los demás para que nuestras propias flaquezas no parezcan tan importantes.

Es importante, entonces, que nosotros no seamos los protagonistas de nuestra propia aprobación, sino que permitamos que Otro haga una evaluación más acertada de nuestra persona.

Pablo termina este pasaje con palabras que deben conducirnos hacia la reflexión: «Pero el que se gloría, gloríese en el Señor. No es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba» (2 Co 10.17–18).

Te invito que que vivamos de tal manera que el Señor mismo sea el que nos alaba.

Pastor Luis Gabriel César