He estado preparando la charla con la que terminaremos la serie “Cristal” enfocada en los jóvenes de nuestra iglesia. De hecho la he titulado: “La generación arrogante”. Aunque no tocaré la vida de este personaje bíblico, me resulto una gran “coincidencia” leer nuevamente su historia en mi tiempo personal con Dios.
Siempre he creído que más que los tiempos complicados de nuestra vida, son los tiempos de prosperidad y bendición los que verdaderamente nos prueban. Son esos momentos en los cuales las cosas van bien. De hecho, se dice que Abraham Lincoln, quien fue presidente de los Estados Unidos lo conocía todo acerca del poder, él dijo: «Casi cualquier hombre puede resistir a la adversidad, pero si quieres probar el carácter de una persona, dale poder».
En el segundo libro de las Crónicas, se menciona el rey Uzías. Llamó poderosamente mi atención lo joven que ascendió al trono. De hecho el texto bíblico dice que Uzías empezó muy bien. Se hizo rey a los dieciséis años (26:1). «Hizo lo que agrada al Señor»(v.4). Fue leal en su empeño «en buscar al Señor» (v.5a). «Mientras Uzías buscó a Dios, Dios le dio prosperidad» (v.5b). «Dios lo ayudó» (v.7); se hizo famoso y muy poderoso (v.8). Todo le iba muy bien.
Mientras buscó a Dios, el Señor respondía sus oraciones, ayudándole y dándole éxito. Me hubiera gustado en gran manera que su historia terminara así, pero no. Tristemente las cosas no tuvieron un final feliz y lleno de bendición.
Las cosas en su reino comenzaron a descomponerse, pero ¿cuál fue la razón? La misma historia nos saca de la duda cuando lo expresa firmemente:
Cuando «llegó a ser muy poderoso» (v.15c), la fama, el éxito y el poder son embriagadores y acarrean grandes peligros de orgullo y arrogancia.
«Cuando aumentó su poder, Uzías se volvió arrogante, lo cual lo llevó a la desgracia» (v.16).
Hizo aquello que estaba específicamente prohibido por la Escritura, y nota por favor uno de los rasgos característicos de las personas arrogantes, a pesar de que muchos líderes «se le enfrentaron» (2 Crónicas 26:18) previniéndole contra ser infiel (v.18).
En vez de escucharlos, por su orgullo se «enfureció» (v.19). Esto es una advertencia. Puedo contar con la bendición de que siempre estaré rodeado de personas sabias y amorosas que, cuando me ven tomando decisiones equivocadas y dando malos pasos, ellos van a intervenir y advertirme de los peligros de seguir por esos caminos. Eso fue lo que tuvo este peculiar rey, personas a su lado que le advirtieron de su proceder.
La historia se repite una y otra vez. No me preocupan tanto los tiempos de dolor y angustia, porque finalmente, de alguna manera eso nos lleva a las rodillas y a buscar a Dios con todo el corazón. Es cuestión más bien de que las cosas vayan de maravilla, cuando comenzamos a transitar suelo resbaladizo.
Si las cosas te van bien, no te vuelvas orgulloso, sigue confiando en Dios y obedeciéndole. Reconócelo en todos tus caminos. Si ahora mismo estás viviendo tiempos de prosperidad y bendición, te animo a leer con todo detenimiento el Salmo 103, que nos enseña que no debemos olvidarnos jamás de ninguno de los beneficios que inmerecidamente hemos recibido de nuestro Dios.
Te bendigo en el Nombre de Jesús.