“Nada te turbe, nada te espante”
Uno de los rasgos distintivos de los que son parte de la “familia de Adán”, es el miedo o temor. Personas así viven aterrorizadas por un sinnúmero de estados morbosos que simplemente no los dejan avanzar. Todos recordamos que en el huerto del Edén, cuando Adán le falló a Dios al comer del fruto prohibido, uno de los efectos paralizantes fue el miedo. La respuesta de Adán al Señor es por demás gráfica: «El hombre contestó: —Escuché que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.» Génesis 3:10 NVI Todos conocemos el resto de la historia, desde ese momento la raza humana vive con miedo persistente. Tememos el compromiso, tememos a otras personas, tememos equivocarnos, tememos el futuro, tememos las trampas de pasado, tememos a las relaciones, tememos a las enfermedades. Todos sabemos que el miedo nos paraliza, nos inhabilita, nos atasca en el pasado y no nos permite seguir avanzando hacia las cosas que Dios ha reservado para nosotros.
Pero para los que ya no somos parte de la “familia de Adán”, sino que, por la fe en Cristo, ahora somos parte de la “familia de Dios”, el miedo no debe conquistarnos. Por un momento piensa en las maravillosas palabras de Jesús a sus discípulos y hazlas tuyas: “Nada de turbe, nada te espante.”
Jesús había anunciado su partida inminente, y ellos debían quedar aún en el mundo. La anunciación de la separación de su Maestro, a quien querían tanto y habían seguido tan fielmente, los dejaba solos frente a sus enemigos terribles y esto les llenó de turbación y congoja. Jesús les dijo: “No se turbe su corazón”. La razón de la serenidad que deben guardar en aquellos momentos, es la confianza en Dios y en él.
Jesús nos conoce perfectamente:
- Él conoce nuestras limitaciones. Sabe, que por más esfuerzos que hagamos, por más ganas que le echemos, por más buenas intenciones que tengamos, la verdad es que a menudo esas cosas no serán suficientes. “Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo”. (Salmo 103:14). A veces estamos limitados por nuestra propia condición humana. Tenemos todas la intenciones de hacer tal y cual cosa, pero nos vemos impedidos para realizarlo.
- Él conoce nuestras debilidades. Hablando de debilidades el hombre se pinta sólo. ¿Qué hacemos con nuestras debilidades? A. Las negamos. B. Las escondemos. C. Cuando aparecen, las excusamos. Hay una variedad de debilidades que el hombre a lo largo de la historia ha presentado:
- Debilidades físicas. Alguna enfermedad, o una limitación de tus capacidades, quizá la edad o algún defecto.
- Debilidades Relacionales. Esposos débiles, niños rebeldes, divorcio, maltrato, violencia doméstica, etc.
- Debilidades Emocionales. Depresiones, enojo, cicatrices, heridas, falta de talento, abuso, etc.
Él conoce todo de nosotros. Nadie mejor explica nuestra condición que David en el salmo 139: «Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia me lees el pensamiento. Mis trajines y descansos los conoces; todos mis caminos te son familiares. No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, Señor, ya la sabes toda.» Salmos 139:1-4 Él sabe cuáles son las cosas que me aterran, las cosas que me avergüenzan. Conoce todo mi pasado, en este sentido Dios es el Dios de nuestra historia. Cada día, cada hora, cada minuto de tu vida no ha quedado oculto a él, y esto le da la maravillosa capacidad de saber que es lo que ahora mismo esta minando tu corazón, tu mente, y tu vida misma.
El hecho de que Dios sepa todo acerca de mi, lo posiciona para ayudarme, no sólo porque tiene un conocimiento exhaustivo de mi persona, sino que, además de todo, tiene el poder para ayudarnos. Bien lo escribió Pablo en Efesios 3:20 “«Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros.» Efesios 3:20 NVI
Quiero animarte a tomar tus miedos de frente. Ahora mismo, por el valor que Dios te ha dado por ser parte de su Eterna Familia, haz una lista de tus temores, no dejas ninguno fuera, llévalos uno por uno, en oración delante de Dios. Renuncia a ellos. Eres parte de la familia de Dios. Has dejado atrás la familia de Adán, familia anclada a los miedos. Tú estas en la condición de hacer tuya la maravillosa verdad de Romanos 8:15…
«Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡ Abba! ¡Padre!»» Romanos 8:15 NVI
¡No esperes más! ¡Una vida libre del temor te espera!
Luis Gabriel César I
Twitter@garycesar