Entonces puso a un niño pequeño en medio de ellos. Y, tomándolo en sus brazos, les dijo: «Todo el que recibe de mi parte[i] a un niño pequeño como este me recibe a mí, y todo el que me recibe, no solo me recibe a mí, sino también a mi Padre, quien me envió». (Marcos 9:36-37)
Un escritor francés escribió: «Los padres de familia son los grandes aventureros de los tiempos modernos». En efecto, con todas las presiones que se ejercen sobre ellos hoy en día, criar hijos puede parecer a los padres cristianos una empresa difícil y arriesgada. Pero seamos padres positivos. Primero, reconozcamos que el Señor nos confía una noble misión, para la cual podemos contar con su ayuda. No estamos solos en esta maravillosa empresa. Además, expliquemos a nuestros hijos que no les imponemos la obediencia por autoritarismo, sino que es una exigencia divina: «Hijos, obedezcan a sus padres porque ustedes pertenecen al Señor,[a] pues esto es lo correcto. «Honra a tu padre y a tu madre». Ese es el primer mandamiento que contiene una promesa: 3 si honras a tu padre y a tu madre, «te irá bien y tendrás una larga vida en la tierra» (Efesios 6:1). Amar a los hijos no consiste sólo en decirles palabras cariñosas; es, ante todo, prestarles atención cada vez que lo necesitan, sin olvidar que no debemos satisfacer todas las exigencias de los niños. Para su bien, es necesario a veces decirles: «No». Qué difícil es esto para muchos padres, ante la presión ceden,sin darse cuenta del daño que les harán a largo plazo. Con la ayuda del Señor, y si arreglamos nuestras agendas personales, podremos consagrarles mucho tiempo para guiarlos en Sus caminos. Enseñar la obediencia a un niño no significa gritar todo el tiempo. No, se debe permanecer firme y digno, no prometer ni amenazar sin cumplir la palabra, aplicando el principio bíblico: «Simplemente di: “Sí, lo haré” o “No, no lo haré”.» (Mateo 5:37). Recordemos también que nuestra actitud ante Dios debe ser un ejemplo. Nuestros hijos leerán la Palabra de Dios en tanto nos vean a nosotros mismos hacerlo. Orarán frecuentemente, si nos ven hacer lo mismo. No busquemos en sus vidas fruto que no hemos sembrado. ¿Te sometes con alegría a la Palabra de Dios? Si es así, tus hijos lo verán y esto los animará a obedecer.
En el amor de Jesús,