“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes”. Ezequiel 36:26-27
Este es uno de los ofrecimientos más maravillosos que la Biblia tiene que enseñarnos acerca del corazón de Dios. Un nuevo corazón. ¿Qué es exactamente este ofrecimiento?, ¿en qué consiste? Hay que hacer un análisis más profundo para entender esta verdad, y comprender la magnitud del ofrecimiento de Dios. El hombre es básicamente pecador, tan incapaz de mejorarse a sí mismo como de ser mejorado. Dios nunca repara lo que el hombre arruinó; le ofrece una nueva naturaleza, una vida que es la de Jesucristo, de la cual podemos apropiarnos. ¿Cómo? Por la fe en el Salvador muerto en la cruz para expiar nuestros pecados y resucitado para nuestro perdón total. El cristiano es, pues, alguien en quien existen nuevas necesidades y nuevos afectos. Lo que amaba antes de su conversión dejó de tener importancia para él. A la inversa, lo que antes no le atraía, por ejemplo, la lectura de la Biblia, las reuniones cristianas y sobre todo la persona de Jesús, ahora es su gozo. No son las cosas que abandona ni las que descubre las que han cambiado: es su corazón. Una transformación radical de su manera de pensar le hacer ver a Dios, a los hombres, al porvenir y a sí mismo bajo un aspecto completamente nuevo. Esta transformación no tendría que pasar inadvertida para los que lo conocen. Por desdicha, frecuentemente los que profesan ser cristianos no se diferencian de los que no confiesan a Cristo. Es cierto que muchos de los que pretenden ser cristianos nunca pasaron por «el nuevo nacimiento» y su corazón no ha cambiado. Si somos hijos de Dios, nacidos de nuevo, dejemos que el Espíritu Santo nos hable de Cristo, vivamos de él y para él, ¡para la gloria de Dios!
En el amor de Jesús,
Pastor Luis Gabriel César I.