De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros. Romanos 8:18
Recientemente ocurrió un incidente muy notable en una boda en Inglaterra. Un joven rico y de una posición social muy elevada que a consecuencia de un accidente se había quedado ciego a los diez años de edad, y que a pesar de su ceguera había ganado matricula de honor en su carrera universitaria, también gano el corazón de una bellísima novia aunque nunca había podido ver su cara. Un poco antes de su casamiento, se sometió a un tratamiento bajo la dirección de varios especialistas, y su culminación llego el mismo día de su boda. Por fin llego el día tan deseado y los regalos y convidados. Entre los invitados había ministros del gobierno, generales, obispos, hombres y mujeres muy notables y famosos. El novio se vistió para la boda con sus ojos aun cubiertos con una venda, y marcho a la iglesia con su padre en automóvil. El famoso oculista que lo había estado curando los encontró en la oficina de la Iglesia. La novia entro a la iglesia tomada del brazo con su padre. Dicho señor tenia cabello blanco y su uniforme estaba adornado con los colores azules y cordones que correspondían a su vestimenta como almirante de marina. Ella estaba tan emocionada que apenas podía hablar. ¿Vería su prometido al fin su cara tan admirada por otros y que el solo conocía por la punta de sus delicados dedos? Cuando ella se acercaba al altar, mientras el gentío que había en la iglesia se movía de una parte para otra, sus ojos se fijaron en un grupo algo extraño. El padre estaba allí con su hijo. Delante del último se encontraba el gran oculista. En el acto corta el ultimo vendaje. El dio un paso hacia adelante con la incertidumbre espasmódica de una persona que no puede creer que esta despierta. Un rayo de luz de color de rosa procedente de una de las vidrieras le dio en su rostro, pero parecía que no lo veía.
¿Vio algo? ¡Si! En un instante recobro la firmeza de su semblante, y con una dignidad y gozo que jamás se había visto antes en su rostro, marcho adelante para encontrar a su prometida. Se miraron a los ojos el uno al otro, y uno podía llegar a pensar que sus ojos jamás iban a apartarse del rostro de su prometida.
“¡Por fin!» dijo ella. ¡Por fin! repitió él, inclinando su cabeza. Aquella fue una escena de una gran poder dramático y sin duda alguna., de gran gozo, pero no es nada mas que una mera sugestión de lo que actualmente sucede en el Cielo cuando el cristiano que ha estado caminando por este mundo de pruebas y aflicciones se ve cara a cara, a su Señor y Salvador.
Aguardemos con paciencia ese maravilloso día, donde podremos ver cara a cara a nuestro bendito Señor y Salvador. ¡Aleluya!
Pastor Luis Gabriel César Isunza